¿Os ha pasado alguna vez estar obcecado por la rabia hacia una persona, analizar todos sus defectos y estar convencido de que es el ser más despreciable del universo?

No estoy hablando de la Santa Indignación que nos sale cuando nos damos cuenta de que alguien está actuando en mala fe, esa es una sana defensa de las leyes morales de una sociedad.

Me refiero a esa sensación de rechazo que nos lleva a odiar ciertas personas, porque, según nuestro juicio, son el diablo en persona. Se trata de una rabia sorda que nos tiene prisioneros y ocupa cada pensamiento impidiéndonos seguir adelante ligeros, que envuelve nuestro corazón, envenenándolo. Visualizad bien ese sentimiento porque no es para nada lo que parece. Cada vez que hay ensañamiento, obstinación y furia no hay que apuntar el dedo a la otra persona, sino a nosotros mismos.

Esto no quiere decir que quién ha despertado estas sensaciones no nos haya herido o no se haya portado mal con nosotros. Sin embargo, esa persona tirará las cuentas de su manera de actuar y lidiará con su karma y con su consciencia. Lo que él/ella hará para remediar a sus acciones es asunto suyo, no nuestro. Nuestra responsabilidad es individuar lo que su conducta ha removido en nuestra alma: las debilidades, los miedos y los traumas del subconsciente, llevarlos a la superficie, mirarlos a la cara y dejarlos ir.

Este es el único proceso que nos dejará soltar la rabia, seguir con el corazón ligero, sentir el alivio que sólo el perdón puede regalar, el perdón para uno mismo.

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