En el día de su funeral Margarita me enseñó algo que nunca olvidaré. Era una gran señora, de las que, como decía Madre Teresa, cuando no pueden correr, trotan, cuando no pueden caminar, usan un bastón, pero no se detienen nunca.

Fui a su funeral un poco angustiada porque, por primera vez, después de unos cuantos maravillosos meses en los que había por fin aprendido a tomarme la vida con liviandad y todo fluía como un espejo de mi estado de gracia interior, me había despertado sudada y con el corazón encogido. Un ataque de ansiedad, pensé. La cabeza no paraba de dar vueltas por los miles de contratiempos que me iban a “complicar el día”: los albañiles que iban a poner el suelo nuevo del baño, el seguro que todavía no me había contactado para arreglar el escape de agua en la cocina, el pastel que tenía que preparar para la merienda en el cole de mi hija…y así mil pensamientos más que se arremolinaban como un tornado. Me levanté de la cama de golpe, fui al baño y allí estaba, delante mío, reflejada en el espejo: una nueva pequeña mancha de vitíligo al lado del ojo derecho.

Pánico. Hacía tanto tiempo que, gracias al bienestar interior que sentía, las manchas de vitíligo en mi cara se iban pigmentando, tanto, que sólo quedaba una, pequeñita, al lado de la boca. Ya veía acercarse el momento de dejar por fin el tratamiento médico…pero mi Gran Maestra había vuelto para recordarme que en los últimos tiempos me había alejado de mi camino, había vuelto a las viejas costumbres, desconectando de mi misma y creando un desequilibrio que se había manifestado en seguida con una mancha blanca justo en la cara. En el sitio donde más le duele a mi vanidad!

A ver de qué pasta estás hecha, Paola, parecía decirme. A ver si reaccionas y recuperas tu equilibrio o te arrancas los pelos. Inútil añadir que me arranqué los pelos. Tomé la decisión de dejar de luchar. Es todo inútil, pensé, si, no obstante todos los esfuerzos que hago para estar bien, al primer momento de debilidad tengo una recaída, no vale la pena, no puedo ganar.

Y aquí entra en juego Margarita, que desde el más allá en seguida me da un toque con su ejemplo. Su hijo me recordó el hecho de que, dos días antes de morir, no obstante ella supiera que no había esperanza, Margarita seguía haciendo los ejercicios que le había aconsejado el fisioterapeuta para que no se le atrofiaran los músculos.

Gracias, querida abuelita, mensaje recibido. Las lecciones que uno tiene que aprender en la vida son siempre difíciles y se manifiestan de la forma más coherente con su propio sentir.  No importa que la manifestación en cuestión sea un dolor de cabeza, un descalabro económico, una enfermedad grave o una simple manchita en la cara. Lo importante es que está ahí para que entendamos que ese camino no está bien, que tenemos que cambiar algunas cosas, desviar nuestra atención hacia otras, aprender algo: a querernos, a querer a los demás, a querer nuestro cuerpo, a decir “no” a veces…

Nosotros mismos somos los únicos que podemos entender el porqué se nos vuelve a proponer una situación, cuál es la lección que se nos sigue escapando. La única forma de hacerlo es escuchando lo que la enfermedad o la situación que vuelve a presentarse tiene que decirnos. Cuando pase esto, ya no nos arrancaremos los pelos delante de una manchita en la piel, sino que diremos “Ah! Ya entendí, gracias!” y corregiremos en seguida nuestra actitud.

Intentémoslo mil veces, caigamos, volvamos a levantarnos. Con la seguridad de que, cuando hayamos aprendido la lección, nos levantaremos más rápidamente y la misma no se volverá a repetir.

La actitud correcta es, SIEMPRE, la de Margarita: no sabemos qué nos depara el futuro y, sinceramente, no importa. Sigamos haciendo los ejercicios de fisioterapia, aunque no sean útiles para nuestro físico, serán un ejemplo de vida para otras personas.

Foto de portada de Fabrice Van Opdenbosch

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