Había perdido a su abuela unos meses antes, se había apagado después de una breve enfermedad. Normalmente los niños sacan el dolor con un llanto desconsolado, casi exhalándolo y librándose de él con una moderada rapidez. En este caso, sin embargo, el paciente se había encerrado en su pérdida, abrazándola desde el primer momento, y había seguido adelante como si nada hubiera pasado.

Cuando los niños se enfrentan a un luto solemos pensar que antes vuelven a su rutina, mejor. Sin embargo, en los niños como en los adultos, no tomarse un tiempo para llorar la muerte de un ser querido y despedirse crea un daño interno enorme. Es como una bomba que explota debajo del agua: en la superficie se ven unas olas, se oye un sonido amortiguado, pero desde fuera no podemos ni siquiera imaginar la destrucción en el fondo del mar. Todavía recuerdo las palabras de una compañera de clase hace veinte años:

Cuando murió mi madre no fui a su funeral, sentía demasiado dolor en ese momento y tenía miedo de que se me rompiera el corazón. Me arrepentiré de ello toda la vida”.

Y tenía razón, porque lo que rompe de verdad el corazón es bloquear dentro la tristeza, no decir adiós.

Creo que tendemos a escapar de la muerte y el duelo de una forma casi patológica. En el pasado los enfermos eran atendidos en casa hasta el desenlace final, se velaba el cuerpo durante unos días y los parientes más cercanos del difunto se vestían de negro durante un año. Y no era casualidad: la elaboración del duelo en su fase aguda dura en líneas generales de los 6 a los 12 meses.

Hace poco a un político español se le ocurrió la brillante idea de pedir que el permiso retribuido por muerte de un familiar fuera rebajado de 5 a 2 días, justificando su propuesta con el hecho de que cuando entró en vigor esta ley los medios de transporte eran lentos y se tardaban días de viaje para llegar al lugar del funeral. Ninguna mención al duelo por un ser querido y al tiempo que se necesita para procesarlo. No me acuerdo ni del nombre de este señor, no me sorprende que lo olvidara, total, la superficialidad emocional no merece más esfuerzo. Queda de todas formas una buena anécdota para poder reflexionar sobre cómo nos enfrentamos a la muerte hoy en día.

Volviendo a nuestro querido paciente, en los meses siguientes al fallecimiento empezó a sentir malestar general, agobio y hasta síntomas físicos increíblemente similares a los que tenía la abuela durante su enfermedad. Las pruebas médicas descartaron cualquier causa física: los síntomas eran, por lo tanto, una somatización del duelo no elaborado, una manera en la que el cuerpo gritaba literalmente la necesidad de enfrentarse a ese enorme vacío.

Ya desde la primera sesión sintió un calor muy fuerte en el pecho que le permitió relajar los músculos del diafragma y respirar mejor, sin sentir la sensación de agobio constante en el estómago. Poco a poco el Reiki fue deshaciendo la sensación de vacío y desamparo y, substituyéndolo con amor, ha re-conectando el paciente a su abuela, haciéndole sentir su presencia.

La función importante del Reiki en este proceso es abrir el corazón del paciente al amor, hacerle sentir que, aunque esa persona se fuera del plano físico, su presencia queda viva en los recuerdos, los pensamientos, las emociones. El pequeño puede por fin llorar la muerte de su abuela, recordarla con cariño, sentir su presencia, no obstante la ausencia física y, en palabras de su propia madre, hablar de ella y con ella.

 

Foto de portada de Fabrice Van Opdenbosch

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