Hace años la vida me pasó factura. Le pasa a todo el mundo antes o después: acumulamos separaciones, trabajos agobiantes, largas temporadas de estrés mal gestionado. En mi caso el día del juicio universal llegó en forma de divorcio, de una niña muy pequeña que tenía que criar yo sola y de otra relación acabada antes de empezar. Con todo eso encima el cuerpo dijo “¡Hasta aquí! Si quieres verme como parte de un todo que comprende también mente y alma mejoras, si no, no vuelves a dormir ni a comer bien y te hundes en la ansiedad”.

No era una buena premisa, así que, en primer lugar, apagué el incendio yendo al médico y pidiéndole que me prescribiera pastillas para dormir y poder controlar por lo menos temporalmente la situación: necesitaba básicamente volver a dormir por las noches. En segundo lugar, decidí abrirme, buscar ese “algo más” que me permitiría ver qué se movía en mi interior.

Una vez tomada la decisión fue relativamente fácil dibujar una hoja de ruta: el mundo de las terapias complementarias es amplio y variado y podéis estar seguros de que todo lo que se cruza en vuestro camino y de alguna forma hace click en vuestro corazón es lo correcto.

Por lo tanto llegaron el Reiki que me enseñó la importancia del silencio, la atención al cuerpo y su íntima conexión con el alma; el Thetahealing que me ayudó a librarme de todos los programas mentales dañinos para mi felicidad; los Registros Akashicos que me dieron un interlocutor sabio en los momento de necesidad. Cabe mencionar también otras terapias que no enseño yo misma, pero a las que recurro cuando lo necesito: las flores de Bach y la homeopatía para corregir la expresión física de un malestar emocional, la osteopatía y el yoga para la harmonía cuerpo-mente, las constelaciones familiares para entender el origen de la repetición de algunas situaciones en mi vida.

Recuerdo las palabras de un amigo al que su psicólogo dijo, después de meses de terapia “Te mueves sólo en la dimensión horizontal, te falta la vertical”. Para el doctor la dimensión horizontal era la vida cotidiana (como, hago, pienso, digo, voy), mientras que la dimensión vertical era el espíritu del paciente (el intuito, la fe, la esperanza).

El espíritu es ese conjunto de cosas impalpables que nos regalan paz en los momentos de sacudida externa. Si en los momentos de dificultad estamos alineados con nuestro espíritu y logramos mantener una conversación fluida con él, nuestra mirada no se quedará clavada en el suelo, en la dimensión horizontal, sino que se fijará en el horizonte y una fuerza invisible nos guiará llenándonos de esperanza. Éste es el valor añadido de las terapias complementares.

Pin It on Pinterest

Si continuas utilizando este sitio aceptas el uso de cookies. Más información

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar